Trasplante renal 500 a mi manera


El riñón recobra su color de vida al ser conectado.

No crea del todo lo que digo en ese título. Si a alguien se le ocurre trasplantar un riñón bajo mi tutela, el fracaso sería inminente. ¡Pobre paciente!

Lo que sucede es que el 1ro. de febrero último, en horas de la noche, tuve el privilegio de presenciar el trasplante renal número 500 en el hospital universitario Manuel Ascunce Domenech, o mejor, como desde hace cuatro años en el Centro de Nefrología adscrito a esa institución cincuentenaria de Camagüey.Ofrecí la noticia al medio de difusión al que pertenezco y me dije: “No vale la pena publicarlo en tu blog, ya no tienes nada nuevo que decir”; sin embargo, una persona que respeto y admiro me comentó con toda su sinceridad posible: “Entré a tu blog personal y prefiero como escribes allí, me gusta más”.

Llegado a ese punto volví a conversar conmigo misma y me decidí: “Hazlo, a tu manera”. Por eso estoy aquí y cuento mi experiencia. Mis vacaciones de diciembre las pasé pendiente del teléfono. Esperaba de un momento a otro que el doctor Raúl Romay Buitrago Jefe de Servicio de  Angiología y Cirugía Vascular, Coordinador de los Accesos Vasculares, Cirujano Vascular del Grupo Territorial de Extracción y Trasplante Renal-Camagüey y Profesor Instructor, del  Hospital mencionado me llamara con la esperada noticia: “Cuqui, hoy, ahora, ya, vamos a realizar el trasplante 500”. Para mi pesar terminó diciembre y también enero, y del aviso, ni hablar.

Ese primer día de febrero llegué a mi casa dispuesta a tomar un baño, comer y descansar. Confieso que me hacía mucha falta. Había caminado mucho, como es mi costumbre un día tras otro.

En eso la llamada esperada. De mi periódico me llegó el recado. Timbré a Romay y a correr, sí a correr, porque en estos casos los minutos cuentan y como dijo George Ward: “Las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde”. Me bañé sí, pero de comer nada y para el hospital con mi modesta “camarita” en mano, porque los fotógrafos de verdad estaban trabajando en otras cosas.

Esa inquietud de hacer las veces de fotógrafa me sirvió para no perder un solo detalle. Desde la llegada de Pascual Águila Ayón, de 46 años de edad y natural de Ciego de Ávila que padecía desde hace seis años de una insuficiencia renal crónica y se mantenía vivo gracias al tratamiento de hemodiálisis, porque sus riñones no funcionaban por sí solos, todo sucedió cual suerte de perfecto ritual.

El doctor Jorge Félix García, nefrólogo, jefe de la guardia, tomó las riendas del caso, sin olvidar al doctor Eldis Quintana, coordinador de trasplantes del centro hospitalario, quien estuvo al tanto de los pormenores, hasta el que pareciera más insignificante.

A la llegada de los doctores Raúl Romay, Abel Ruiz de Villa (cirujano) y Pedro Julio Hernández Aragón, especialista en Anestesiología y Reanimación, ocurrió otro rito. Este, a mi modo de ver, entrañó una responsabilidad tremenda. Ellos no conocían al enfermo, por tal motivo fueron a su cama y le dijeron: “Nosotros somos los cirujanos que te vamos a operar, mientras Pedro Julio se identificó y lo mismo: “Yo soy el responsable de aplicarle tal anestesia”.

Lo más asombroso del caso fue la confianza de este hombre, aún joven para llevar una vida tan limitada por su dolencia, no dudó un instante en ofrecer su aprobación y poner su vida en las hábiles y seguras manos de estos galenos.

Fui testigo de esa seguridad y de la sincronización casi perfecta en el quirófano, apoyado por los enfermeros Bertha Ortega, Alberto Milanés y Oscar Cárdenas. Allí estaba también el doctor Jeanis Rosales, especialista en Urología y antes participó, como en la mayoría de los casos, la licenciada Daysi Varona, psicóloga del equipo encargado de los trasplantes de órganos.

Les cuento que en el quirófano los médicos conversan, abordan con el resto del equipo, residentes de la especialidad incluidos, diversos temas. Dan la impresión de estar relajados, aunque a decir verdad no pregunté si adoptaban esa actitud porque lo estaban o para conseguirlo. Ese es un misterio que lo dejo entre ellos. Ya fuimos bastante intrusos y preguntones los tres periodistas, un camarógrafo, un fotógrafo de verdad y la otra que lo simulaba, por supuesto, esa era yo. Ah, siempre dejaron saber que el protagonista allí, era Pascual.

Ese mismo equipo médico ya había estado en el municipio avileño de Morón para extraer el órgano de un donante cadáver.

Se observa el riñón en la bandeja, sin coloración, antes de ser injertado.

Antes de ser conectado, el riñón no tiene coloración. Lo apreciamos muy bien, el riñón conservado e injertado antes de las 20 horas de extraído, no tenía color, como mismo ocurre con un fallecido, pero en el clímax de la arriesgada intervención quirúrgica, cuando se perfunde o se conecta, sucede algo mágico: las arterias comienzan a latir y el riñón empieza a colorearse con un tono rojizo, como la sangre y aumenta de tamaño, ya se observa con vida, ah, y allí mismo en el salón  salieron los primeros vestigios de la orina, esa que no lograban los riñones de Pascual desde hacía cuatro años.

Una hora y 47 minutos fueron suficientes para que la vida de Pascual cambiara. Lo despertaron al término de la operación y respondió con ánimo.

La familia escucha atentamente.

¿Al salir? Otro rito. Los médicos, como son nuestros médicos, con modestia, pero contentos a la vez, se reunieron con los familiares del paciente. Ellos estaban ansiosos y muy, muy preocupados, sabían cuántos riesgos, pero también cuántos beneficios.

“El trasplante fue exitoso, dijeron, ahora esperemos las primeras horas y luego el cuidado del propio Pascual y el de ustedes será vital para su recuperación”.

Sentí una alegría muy particular. Había visto la angustia del hijo del operado y también su suspiro de alivio al conversar con los galenos y recibir la grata nueva de la propia voz de los doctores. Eso sí, pensé en aquellos que con altruismo y sentido de humanismo ofrecieron su consentimiento para utilizar el órgano vital de su fallecido. Sin esta actitud, la intervención quirúrgica no habría sido posible.

Vuelvo al momento de la operación para decir que allí se habló con ética de otros galenos que antecedieron a los actuales, del doctor Ariel Valerón, cirujano que ofrece sus servicios en otra nación, y yo pensé en esos dos que lograron el primer trasplante con éxito aquí: los Profesores René Gómez Areces, urólogo y Francisco Hernández Guerra, angiólogo y cirujano vascular ya fallecido.

Recordé igual al doctor Alejandro Ferrer, angiólogo y cirujano vascular, quien fue Coordinador Regional de esta tarea en Ciego de Ávila-Camagüey, ahora en otro país. Él siempre me mantuvo informada de los acontecimientos.

Mi cerebro, a toda máquina, me llevó, además, a una reseña que leí hace unos días en el Nuevo Herald y cito: Margot Nicholls Marín, una venezolana que vive en Florida, sufre de cardiomiopatía e insuficiencia cardíaca congestiva, enfermedades que han llevado a algunos médicos a recomendar un trasplante para salvarle su vida.

Y continúa: Nicholls Marín, de 46 años (la misma edad de Pascual) está desesperada porque no tiene seguro médico ni perspectivas inmediatas de poder conseguirlo porque no está legalmente en el país. El escrito añade: El dilema de Nicholls Marín no es el típico drama de miles de inmigrantes indocumentados que viven atemorizados de que las autoridades los deporten. Nicholls Marín se quedó en Estados Unidos después que su visa de turista venció y es ahora que su abogado en Miami, Jorge Rivera, está preparando una solicitud a las autoridades para que no la deporten debido a su estado de salud.

Nicholls Marín dice que su estado ha empeorado y está convencida que podría morir pronto si no encuentra la forma de recibir un trasplante. Piensa que su nombre nunca será añadido a la lista nacional de trasplantes porque no tiene ni papeles ni seguro.

“Ya no sé qué hacer”, dijo la mujer entre sollozos durante una entrevista la semana pasada en la oficina de su abogado. “Yo era una persona muy activa, con mi propio negocio, y ahora no puedo trabajar, me canso muy rápidamente y tengo dificultad para respirar normalmente. No sé por qué me pasó esto. No entiendo”.

Por ahora, —sigue la publicación— la estrategia de Nicholls Marín es contar su historia a la prensa con la esperanza de despertar solidaridad en el público y recibir asistencia financiera para el trasplante y para que las autoridades la dejen quedarse con un permiso de trabajo, cosa que podría ayudarle a conseguir seguro médico.

Desgraciadamente, esta mujer no entiende algo que le pasa a cualquiera y es enfermarse, lo que no entendemos por estos lares es que no pueda resolver su delicada situación.

Por acá supe que Pascual se recupera y habla de reincorporarse al trabajo. Conocimos que él es subdirector económico de una entidad avileña porque, periodistas al fin y al cabo, se lo preguntamos y, por supuesto, rezan sus datos en la Historia Clínica, pero a los médicos, esos que lo operaron no los oí, ni por asomo, que le preguntaran: ¿Usted trabaja?, ¿Cuánto gana?, ¿Tiene seguro médico? ¿Cuál es su creencia religiosa? Y sí, supe que recibió desde el preoperatorio, con vista a disminuir los riesgos del acto quirúrgico, la aplicación de drogas inmunosupresoras de última generación, como los anticuerpos policlonales. Todo gratuito.

Por razones muy personales no pude utilizar mis propias fotos cuando di la noticia, sino las de Rodolfo Blanco Cué de la AIN. Hoy coloco las mías con el mismo amor que hago estas líneas, imposibles de recoger en una información de primera plana, para compartirlas con los lectores, esa nueva familia que adquirí por medio de mi blog. Espero que ese amigo mencionado al inicio entre de nuevo a este y si queda complacido o no, me lo haga saber a su modo. Yo, por mi parte, cumplí conmigo y con él. Comenté la noticia de esta manera, un poco más cercano a mi interior: a mi yo.

Texto y fotos. Olga Lilia Vilató de Varona

Corrección: Oriel Trujillo Prieto

Tomado de Trasplante renal 500 a mi manera

One thought on “Trasplante renal 500 a mi manera

  1. dios mio pascual dios es grande hermano te deseo lo mejor del mundoa ti y a maritza
    soy guille el hijo de la difunta juanaita moyano estoy llorando de felicidad esto ha sido casual en el internet estoy sin palabras te m,erces todo esto hermano los quiero guillee

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