El Santiaguero


santiagueros

Por: Dra. Olga Portuondo Zúñiga y MSc. Arq. Omar López Rodríguez

Un santiaguero es ante todo cubano; se sabe que, hasta los comienzos del siglo XX, a Santiago se le llamaba Cuba, todavía algunos viejos le dicen de esa manera, entonces un santiaguero es doblemente cubano. Las cualidades que singularizan a grupos de individuos respecto a otros, aún dentro de igual nación, significan diversidad y riqueza en esa personalidad colectiva. El carácter de cualquier hombre será más suyo, cuando esté imbuido de las propiedades correspondientes al colectivo de la familia, la colectividad y la región de pertenencia; sin contradecir en absoluto la aceptación de lo universal.

Para mejor definir al santiaguero, es preciso que se conozca un poco su historia; y es que la ciudad, desde que se fundó, no ha dejado de mirar hacia un Caribe que aquí muestra su impronta. Si el visitante es observador, se percata, de inmediato, cómo Santiago se halla rodeado de imponentes alturas. Las montañas dominan el paisaje, y están presentes en la necesidad espiritual y en la nostalgia de sus habitantes; la ciudad misma se levanta sobre terreno ondulado y terrazas que, casi siempre, sorprende al caminante. Tal vez por esto, el santiaguero tiene una manera peculiar de andar, nada distante de la acción que da comienzo al baile, y cuando por las calles arrolla en la conga, marcha marcando el compás.

Como desde que nace se habitúa a los temblores de tierra, su subconsciente se prepara para lo imprevisto y continúa en sus costumbres luego de cada sacudida telúrica. Si a este peligro se añade el de los ciclones, más las amenazas y agresiones bélicas de que ha sido objeto desde que surgió, es lógico que el santiaguero acoja lo extraordinario como cotidiano; de aquí en adelante hay un solo paso para que la imaginación colectiva despliegue su inspiración y argumente muchos avatares de la ardua vida de la comunidad como una eterna y fabulosa epopeya.

Las causas de las lucubraciones míticas y legendarias no hay que justificarlas únicamente por las circunstancias de su naturaleza y de su historia; en todo caso, recordemos la fuerte, original y prolongada presencia aborigen y africana en el mestizaje de sus habitantes, unámosla a la imaginación popular hispana, y comprenderemos, pues, los mecanismos de un pensamiento liberado de la estricta racionalidad.

El tipo santiaguero por antonomasia es el del mulato, en correspondencia con el proceso de hibridación sistematizado desde el siglo XVI. Éste es también un resultado cultural criollo: una básica presencia hispana ennoblecida por aruacos y congos, y por todos aquellos europeos, africanos y asiáticos que transitaron por ese alucinante mar mediterráneo que es el Caribe, para instalarse en el sudoriente de la Mayor de las Antillas.

El santiaguero es reconocido por su gentileza y su buen trato. Durante varios siglos, Santiago desempeñó la capitalidad de la región oriental, allí donde la identidad de lo cubano tiene su más depurado asiento cultural, raíces hincadas en lo profundo de la vida rural, de la montaña. También es expansivo y comunicador, vive hacia el exterior, cómo no hacerlo con la calidez de su clima y lo explosivo de su paisaje.
Disfrutan sus moradores de un legítimo orgullo por la intensidad de su devenir y por su relevante desempeño en la historia de la formación nacional. Su acervo civilizador ha fomentado su participación en el progreso del archipiélago cubano a favor de las causas populares. No por casualidad, el individuo que mejor lo encarna es Antonio Maceo y Grajales.

Si el santiaguero es alegre, gusta del ron, goza a plenitud de la apoteosis de sus carnavales, en nada desdice de los atributos anteriores. Su sensibilidad para la música le ha permitido contar con excelentes y connotados compositores e intérpretes. El son, la guaracha y el bolero hoy recorren el mundo para placer de todos, como legado criollo a la armonía universal. Cualquiera que sea el color de su piel, no hay santiaguero que pueda resistir el movimiento de los pies cuando suenan los cueros y la corneta china. Y como lleva el ritmo en sus entrañas, su forma de hablar y gesticular posee la virtud de la melodía.

Francos y abiertos, acogerían al amigo con la hospitalidad propia de estas tierras caribeñas; fieros y rebeldes serán por tradición, cuando se trata de defender su idiosincrasia. Así somos nosotros, los santiagueros.

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