(en fotos) Malecón santiaguero, tierra virgen de historias personales


malecon de santiago de cuba

No es el más grande de Cuba, tampoco el que más historias personales alberga, pero lo cierto es que el malecón de la ciudad de Santiago, con sus escasos metros (unos 450), pocos meses de creado y una infinidad de anécdotas por regalar, es ya una excelente opción para quien quiere pasar una tarde diferente, (re)descubriendo la bahía de la urbe y su entorno.

Sus anchos muros sirven de terreno para casi cualquier locura juvenil, la quietud de una rada que casi parece inalterable y es acariciada por la brisa, el toque distintivo del ir y venir de buques mercantiles, y su descarga, además de un hermoso escenario al frente, verde y casi virgen, parecen ser hermosos ingredientes para una tarde en familia o para enamorar.

Se extraña, quizás, esa vieja fama del santiaguero de ser el más limpio, un sentimiento romántico por tener embellecido y libre de suciedad el lugar, y que, no obstante, no empaña lo que puede ser un lindo paseo, pero que necesita ser atajado a tiempo.

Ubicado en la antigua Alameda de Michaelsen, es este uno de los regalos que más se agradece por el medio milenio de Santiago de Cuba.

Parece que atrás, casi como una línea imaginaria, queda aquella vieja afirmación que dice que el santiaguero vive de espaldas a su bahía, para dar paso a una reconciliación de la ciudad con su rada, un abrazo para ser fotografiado y disfrutado.

 

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