(en fotos) Malecón santiaguero, tierra virgen de historias personales


malecon de santiago de cuba

No es el más grande de Cuba, tampoco el que más historias personales alberga, pero lo cierto es que el malecón de la ciudad de Santiago, con sus escasos metros (unos 450), pocos meses de creado y una infinidad de anécdotas por regalar, es ya una excelente opción para quien quiere pasar una tarde diferente, (re)descubriendo la bahía de la urbe y su entorno.

Sus anchos muros sirven de terreno para casi cualquier locura juvenil, la quietud de una rada que casi parece inalterable y es acariciada por la brisa, el toque distintivo del ir y venir de buques mercantiles, y su descarga, además de un hermoso escenario al frente, verde y casi virgen, parecen ser hermosos ingredientes para una tarde en familia o para enamorar.

Se extraña, quizás, esa vieja fama del santiaguero de ser el más limpio, un sentimiento romántico por tener embellecido y libre de suciedad el lugar, y que, no obstante, no empaña lo que puede ser un lindo paseo, pero que necesita ser atajado a tiempo.

Ubicado en la antigua Alameda de Michaelsen, es este uno de los regalos que más se agradece por el medio milenio de Santiago de Cuba.

Parece que atrás, casi como una línea imaginaria, queda aquella vieja afirmación que dice que el santiaguero vive de espaldas a su bahía, para dar paso a una reconciliación de la ciudad con su rada, un abrazo para ser fotografiado y disfrutado.

 

(en fotos) Funcionará en Santiago de Cuba un antiguo tranvía norteamericano


tranvia santiago de cuba (1)
Luego de ser restaurado y reparado, un antiguo tranvía circulará en Santiago de Cuba y cubrirá un tramo que enlazará La Alameda con la avenida Juan Gualberto Gómez-Flor Crombet, así lo aseguró a la televisión cubana Beatriz Jhonson, vicepresidenta del gobierno en el territorio.

Este viejo anhelo santiaguero, si bien no significará un gran aporte al problema del transporte en la localidad, sí dotará a la ciudad, aún embriagada en la celebración del medio milenio, de un nuevo atractivo que cautivará a todo el que visite la indómita tierra a la vez que dará cierto aire de remembranza pues evocará una época donde estos gigantes metálicos se enseñoreaban en las calles de Santiago de Cuba.

Durante la comparecencia de Beatriz Jhonson en el espacio de la Mesa Redonda, también trascendió que luego de concluidos los carnavales, el recorrido de este casi olvidado medio de transporte en Santiago de Cuba se extenderá hasta dos kilómetros de distancia.

Según los registros históricos, el primer tranvía eléctrico que circuló en Cuba lo hizo en La Habana, en 1901. Años después, en 1908, se introdujo ese adelanto en Santiago, como una alternativa de transporte urbano.

Aún hoy, escondidas por el asfalto después de la rehabilitación hidráulica de la urbe, se observan las huellas de su existencia en algunas arterias citadinas. En ciertas calles, por ejemplo Enramadas, están los tubos que sostenían los cables electrificados, por medio de unos brazos con rueditas en un extremo.

Los primeros tranvías que circularon fueron construidos en los Estados Unidos, para ser más exactos, en Filadelfia. La mayoría que existían en la urbe eran modelos pequeños, de cuatro ruedas, para facilitar el desplazamiento y los giros a través de las estrechas arterias.

Por: J. Loo Vázquez

Fotos: Gonzalo Abel González Fontanet

(en fotos) Santiago se reverdece en su medio milenio


Por: J. Loo Vázquez

Fotos: Jorge Luis Guibert

Quien camina hoy por Santiago de Cuba descubre a cada paso una urbe reverdecida. Aunque faltan algunos meses para celebrar el medio milenio de fundada la antigua villa colonial española, algunas obras constructivas despiertan la curiosidad entre los conciudadanos.

Otros, ansiosos por disfrutar los nuevos lugares y servicios, participan en la ejecución de los proyectos, como una forma de apoyar los preparativos del jolgorio.

Pero lo cierto es que a la vista de los transeúntes, edificaciones emblemáticas reciben colosales reparaciones; otras cambian de color como regalo al visitante, mientras que viejos sueños, como el malecón de la ciudad, ya comienza a mostrar sus agraciadas siluetas.

Santiago de Cuba celebrará su medio milenio en julio de 2015, pero, como los preparativos previo a cualquier fiesta, ya sus pobladores disfrutan de una urbe reverdecida, y solo queda esperar para descubrir las sorpresas que aún están ocultas como los mejores regalos de una urbe de 500 años.

Santiago de Cuba, sus calles: La Alameda


Paseo la alameda_santiago de cuba_foto antigua

El Paseo de La Alameda o La Alameda de Michaelsen (hoy avenida Jesús Menéndez) es una de las arterias vehiculares más emblemáticas de toda la ciudad de Santiago de Cuba. Situada frente al puerto, se extiende desde la calle Calixto García hasta la de Aguilera, con una longitud aproximada de 400 metros. Tiene más de siglo y medio de existencia y desde su construcción ha sido un ícono de la capital oriental cubana.

El origen de esta Alameda, se remonta a 1833, cuando el brigadier Juan de Moya, gobernador de la provincia, ordenó disecar las zonas pantanosas de la orilla del puerto y surgió la calle María Cristina, nombre de quien era en esa época la Reina regente de España. Allí nació el barrio de la Marina. Por esos tiempos surgió la idea de construir un paseo en esa parte de la entrada marítima de la ciudad (muy importante entonces) que pronto contó con el apoyo de las autoridades coloniales españolas.

Sin embargo, no es hasta el año 1859, que el gobernador del Departamento Oriental, mariscal de campo, don Juan Téllez, puso todo su empeño para realizar el proyecto y se construyó la Alameda, que en su honor llevó como nombre Alameda Téllez. Esta obra favoreció a la importante área comercial que ya había surgido en el barrio de la Marina. Escribe un historiador: “con sus verjas, mobiliario diverso, calles y paseos, árboles, así como fuente central, hicieron de El Paseo de la Alameda un sitio de recreo y diversión de toda la sociedad santiaguera.”

El Paseo de la Alameda tuvo, a través de los años, varias remodelaciones. En 1893 se llevó a cabo la primera de ellas, impulsada por un alemán residente en Santiago de Cuba: Hermann Friedrich Wilhelm Michaelsen, a quien le llamaron benefactor de la ciudad. A este alemán, que todos terminaron por conocer como “Germán” Michaelsen, fue uno de los más sobresalientes exponentes de la cultura en la capital santiaguera durante varias décadas, desde fines del siglo XIX a inicios del XX.

Michaelsen fue fundador del Club Náutico y formó parte de la comisión encargada de dirigir la reconstrucción de La Alameda. Es en esa zona, gracias a sus gestiones, se estableció la Cocina Económica para facilitar la alimentación de personas con pocos recursos. A Michaelsen se le nombró Hijo Adoptivo de la Ciudad y tras su muerte, el 8 de diciembre de 1928, el paseo fue denominado Alameda Michaelsen. Hoy, todavía hay muchos santiagueros que la llaman así. “Los fines de semana, las más bellas señoritas y elegantes caballeros, iban de paseo por La Alameda, unos en coche, otros a pie, ellas luciendo sus lindos vestidos y ellos sus sombreros.” Sin embargo, el esplendor de la Alameda fue deteriorándose con el tiempo y en 1920, estaba en plena ruina. Fue el alcalde, doctor Desiderio Arnaz Alberni, quien emprendió la obra de reconstrucción con la ayuda del sector comercial y el pueblo. El 25 de julio de 1929 fue reinaugurado con un nuevo proyecto, el cual incluyó dos Arcos de Bienvenida y un mayor vínculo del espacio público con el mar.

El Reloj de la Alameda (donado por la Cámara de Comercio de la ciudad), llamado La Torre de Arnaz (en honor al Alcalde), fue instalado por la joyería El Brillante de Venero y Hermanos, de acuerdo al proyecto del arquitecto Antonio Bruna Danglad. Pero hoy la imagen de El Paseo de La Alameda, es la que se hizo entre 1949 y 1951 por el alcalde Luis Casero Guillén. Aunque se mantuvo la sobriedad y elegancia de siempre, fueron erigidos monumentos a José Martí, Germán Michaelsen, Sir Lambton Lorraine (capitán de la fragata Niobe, quien impidió que los españoles siguieran ejecutando a los patriotas cubanos del vapor Virginius, en 1873) y la señorita Clara Burton (fundadora de la Cruz Roja Internacional).

Este trabajo fue tomado de aquí.